Acercarse a la obra de un artista plástico vivo es más complejo y arriesgado, aunque pueda llegar a ser más fructífero, que hacerlo a la de un autor muerto, porque este último concluyó el ciclo de su producción y con ello, permite verla sin posibilidades especulativas a futuro.

Conocí a Igor en 1999 y cuando fui a visitarlo a su estudio quedé cautivado con su pintura. En aquellos tiempos sus cuadros se exhibían en un par de renombradas galerías de arte que destacaban por impulsar a los artistas que presentaban las nuevas propuestas. Aun temiendo que me rechazara, me atreví a invitarlo y aceptó formar parte de la familia Art Nova.

Estudió Comunicación Gráfica y Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas San Carlos e hizo su maestría en la misma institución. Entre sus exposiciones colectivas e individuales destacan la Bienal Tamayo, la quinta edición de arte de FEMSA en Monterrey, su participación en International Art Triennale, Majdakneck 91-94 y la muestra que presentó en la Henaine Miranda Contemporary Art Projects de Nueva York. Igor fue dos veces becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y ganó el primer lugar en el Salón de Dibujo Bernardo Elosúa, 2013. Ha sido profesor en la Universidad Tecnológica de México, en la Universidad del Valle de México y actualmente en la Universidad de Monterrey, donde también forma parte del programa Artistas Padrinos, un interesante proyecto que busca ayudar a expandir la creatividad de los alumnos por medio del intercambio de ideas y experiencia para la realización de un grabado junto con ellos con el propósito de recabar fondos para sus estudios.

 

En nuestros días hay varios tipos de discursos sobre las artes plásticas y explicar la obra de un artista resulta, a veces, inútil o en ocasiones inadecuado sobre todo cuando nos enfrentamos con imágenes que son de difícil lectura y que al primer acercamiento no nos hablan por sí mismas; lamentablemente, en ése momento, se entorpece la experiencia y se aparta la mirada. Pero atinar a descubrir lo invisible y comunicarse con lo visible es una experiencia lúdica si se mira la obra de Igor Gálvez, quien dentro de esa proliferación de tendencias y estilos conserva su sitio singular. Su pintura cuenta historias que no tienen que ser expuestas en términos lógicos. Igor emplea generosamente gran cantidad  de recursos y manejos de técnica de la estética -que él manipula con cabal perfección-, como lo pueden ser el uso del color, de sus abundantes texturas con arena y sus esgrafiados profundos que despiertan la imaginación cuando se observa cómo integra (espléndidamente) sus personajes e historias con elementos “dibujísticos” en piezas con intención de ser estimadas por nuestra sensibilidad sin necesidad de tener que pasar por una lectura lógica. El maestro Juan Acha solía decir que la maduración existe cuando hay coherencia en el proceso de la obra y van surgiendo soluciones parciales hasta llegar a la solución mayor, es decir, hasta que los fines artísticos, los medios de expresión y los efectos de la obra se esclarecen para el artista y el espectador. Por eso la evolución de todo artista plástico es muchas veces, tanto o más interesante que la de su obra.

Obra  al   Óleo

Obra en papel

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© Eduardo Alberto Álvarez Sánchez